MARTHA EN LA FUNERARIA

Es difícil imaginarse la situación de Martha… allí, delante de los ataúdes. ¿Era ella una psicópata? Desde luego, no una buena persona; por ella esos ataúdes estaban ahí, conteniendo los cadáveres de las personas que habían muerto por su culpa. Los empleados de la iban y venían, atentos a sus quehaceres. Ella se mantenía alejada de los familiares de los chicos difuntos, aunque las familias no sabían que había sido culpa suya. Ellos no sabían nada. Ella era la única sobreviviente, la única afortunada; simplemente eso. Quizá algunos la observaban con demasiada frialdad, otros incluso con cierta simpatía, pero lo más seguro es que todo fueran simples paranoias.

MARTHA EN LA FUNERARIAEl caso es que aquel día, el de la excursión, Martha estaba furiosa. El sol brillaba en un cielo sin rastro de nubes. El día no tenía culpa de su mal humor… ¿Solo era mal humor? No, aquel día era más. Era resentimiento; lo intentaba ocultar, pero Lina y Marco le habían preguntado ya dos veces por qué estaba tan callada. Bueno, no podía decirles que era resentimiento, envidia, celos, complejo de aguanta cirios… Era tan patético y ridículo... Eso hubiera resultado de presentarse así y sincerarse, como una ridícula amargada, la solterona del grupo. Era algo tan poco interesante… La dejaría en un lugar tan bajo… Sin embargo, era la realidad.

Cuando se miraba en el espejo no veía una chica fea. Tal vez la cara demasiado ancha, la nariz y los dientes no demasiado perfectos… pero había otras mucho más feas, claro… y esas tenían novio, un chico que las abrazaba y las acompañaba a donde tuviera que acompañarlas. Que no las dejaba estar solas. ¿Qué era lo que ella tenía que no gustaba? Marcos, Lina y los demás se habían conocido desde el colegio con ella… las relaciones habían surgido a su alrededor, desde hacía mucho tiempo, sin que pudiera hacer nada. Lina era una buena amiga… lo pasaba de maravilla en el instituto con ella. Y de un día para otro se fue con Marcos al cine, al Wendys, a mirar el atardecer…

Recordaba todo aquello durante la excursión. Lo de los mecheros hizo que apartara esos pensamientos. Todo empezó por lo de los mecheros, por esa tontería. Marco pidió uno y los demás empezaron a buscarse encima y en los bolsos, no encontrándose ninguno. Estaban sorprendidos. Ni por asomo se imaginaban que ella les había robado todos cuando estaban en la gasolinera, cuando se habían bajado a la tienda, y que los tenía en su bolso. Había abierto el de Lena, el de Aroa, la riñonera de Marco… había abierto cada una de sus pertenencias para sustraerles los mecheros. Ella en algunos momentos quería decirse que lo hacía por su salud, para que no fumaran, pero sabía que no era cierto. Era por fastidiarles. Podían haber sido los smartphones, eso les hubiera fastidiado mucho más, pero no los habían dejado en los bolsos. Siempre estaban pegados a ellos. Bueno, el día era largo… ya encontraría otras maneras de amargarles la jornada. En algunos momentos recapacitaba y se preguntaba por qué pensaba esas cosas. Se sentía miserable… pero no podía controlar la amargura. Aroa con José, Lena con Marco, Raquel con David. Ella sola como la una, sobre todo cuando se bajasen del furgón y se reencontrasen con la naturaleza, como había dicho Marco. En ese momento se perderían por ahí, a besuquearse…

Lo de los mecheros era una tontería, pero hizo que Aroa discutiese con José. Ella le acusaba de perder siempre los mecheros, de gastarlos haciéndose porros. Esa discusión rompió el ambiente agradable que había reinado hasta entonces en el furgón.

A partir de ahí, empezaron a abundar las discusiones durante el viaje. Y Martha tenía que ver. Tuvo que ver en casi todas, aunque ellos no parecían darse cuenta. Habló de Geneve, la exnovia de David. Y no sabe cómo, Raquel empezó a enzarzarse. Y todos se enzarzaron… con unos y otros temas, con reproches, con amenazas… Era tan fácil… O quizá ella tenía la suficiente habilidad como para sembrar cizaña. Lo estaba descubriendo y disfrutando en ese viaje en el furgón.

Marco empezó a ponerse particularmente nervioso, porque no soportaba que Lina le comentase de sus notas, sus expectativas en la universidad… No venía a cuento hablar de esas cosas, pero todos hablaban de los que no les gustaba, alargándoseles más y más las caras.

Martha sabía que Marco estaba demasiado nervioso, y que al girarse a reprochar algo a Lina, no había visto la repentina curva que apareció tras un cambio de rasante. Quizá pudo habérselo advertido, pero se lo calló. Los demás estaban demasiado preocupados discutiendo entre ellos. Parecía que aquel día finalmente no habría besuqueos. Martha abrió el seguro y cogió la manilla de la puerta, dispuesta para saltar.

“Besuqueándose… por ahí, en parejas… tocándose lejos de mí… sois unos sucios. Sucios… Puercos…”.

Miraba a los ataúdes con una fijeza enfermiza. Fue uno de los empleados de la funeraria el que le llamó la atención, pero no porque mirara tan fijamente los féretros. En ese momento se dio cuenta de que estaba hablando sola. Entonces los familiares comenzaron a observarla con otra cara.

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